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marzo 2020

Sara

Sara

El artículo de hoy no tiene que ver con fotografía, aunque podría haber tenido que ver. 

Va sobre la pérdida gestacional que tuve entre Emma y Ana, no pretendo entristecer a nadie, sino aportar luz e información a este tema que parece escondido pero la realidad es que nos pasa a muchas mamás.

Diciembre 2014, las dos rayitas

Todo empezó con un embarazo buscado y encontrado, con una gran felicidad al ver las dos rayitas en la prueba de embarazo y con una gran sorpresa al saber que la fecha probable de parto de la que iba a ser mi segunda hija coincidía con la fecha probable de parto de mi primera hija (aunque luego nació 13 días más tarde): 31 de julio.

Febrero 2015, todo normal

Fuimos a una ecografia privada y la ginecóloga nos dijo que todo iba bien, que venía una niña sana. Sí nos dijo en algún momento de la ecografía que le había parecido ver algo raro en un pie, pero terminó diciéndonos que no teníamos que preocuparnos. Y, aunque muchas vueltas no le dimos, sí esperábamos que la ecografía de la semana 20 nos confirmara que iba todo bien. 

Después de pensar en Nora, Vera o Sara, nos decantamos por este último nombre: Sara.

17 de marzo de 2015, la noticia

Es cierto que yo no notaba moverse a Sara como a Emma, pero suponía que cada bebé es distinto y que no tenía por qué ser igual de movida que Emma. 

Fuimos al hospital a la ecografía de la semana 20, aunque no sé por qué motivo ya me dieron cita el día que cumplía mi semana 21. La cita era por la tarde y la ginecóloga que nos atendió revisó todo el cuerpo de nuestra bebé. Al terminar nos dijo de un modo muy amable, con muchísimo tacto y sin ocultar la verdad que nuestra bebé no había movido las extremidades durante toda la ecografía, que tenía los pies cruzados y las manos en forma de garras; que eran síntomas de que algo no iba según lo esperado. Sé que hablamos más, pero lo siguiente que recuerdo es estar con Edu fuera de la consulta, en el pasillo junto a dos ventanales intentando asimilar lo que nos acababan de decir y tomando la decisión de que no queríamos seguir dando vida a un bebé vegetal, por amor a ella, a nosotros y a Emma. 

Entonces entendí por qué yo notaba los movimientos distintos a Emma, porque lo que notaba era el movimiento de un bloque entero (es decir, de su cuerpo entero) y no de las extremidades dando esas lindas pataditas. 

Volvimos a ver a la ginecóloga y le preguntamos que cómo debíamos iniciar los trámites para abortar, nos dijo que debíamos volver a la mañana siguiente para realizar una amniocentesis. 

El siguiente recuerdo que tengo después de estar con Edu junto a los ventanales es estar llorando en el sofá de mi casa mientras le daba la noticia a mi madre (que se había quedado con Emma).

La (eterna) espera

Al día siguiente llegamos al hospital muy confusos, me hicieron la amniocentesis (físicamente no me dolió nada) y nos dijeron que nos darían los resultados el lunes 23 porque el jueves 19 era festivo (S. José) y el viernes 20 puente. La amniocentesis era necesaria sobre todo para saber si la enfermedad era hereditaria. 

Nos fuimos del hospital con mucho miedo, porque yo ya no pensaba en Sara, sino en Emma. ¿Y si era enfermedad hereditaria y Emma, que tenía año y medio, desarrollaba alguna otra enfermedad más tarde? 

Por la tarde volvimos al hospital, queríamos saber si podíamos empezar los trámites de aborto antes de los resultados de la amniocentesis. Y nos dijeron que ya no era posible porque tenían que hablar con el hospital de Madrid al que nos derivarían para el aborto, y eso solo era posible por las mañanas. Además, al ser festivo en Murcia al día siguiente, el hospital de Murcia estaba con el personal mínimo, por lo que tenía que ser el lunes 23 cuando empezáramos a formalizar los trámites del aborto. 

Cuando mostramos nuestra preocupación porque sabíamos que por ley no se permitían abortos a partir de la semana 22 y que el lunes yo estaría de 21 + 5, nos tranquilizaron diciendo que la autorización era la que tenía que llegar antes de cumplir la semana 22. 

Salimos del hospital frustrados de nuevo, impotentes por no haber reaccionado por la mañana para solicitar ya el aborto y por no poder hacer nada más. Yo quería que todo terminara cuanto antes, necesitaba a Sara fuera de mí, la notaba, veía mi barriga embarazada y todo era dolor emocional y ansiedad. No sé qué hicimos esos cuatro días en casa, pero sí sé que tener a Emma nos mantuvo ocupados y cuerdos, aunque la sombra del miedo por si ella también pudiera tener algún problema estaba siempre en el fondo de mis pensamientos.

La culpa

¡Cómo no! La culpa asociada a la maternidad: ¿qué habré hecho yo para que Sara tenga una malformación? ¿habré comido algo que la haya provocado a pesar de todo el cuidado que tengo? La culpa me persiguió mucho tiempo, incluso después de abortar y en el siguiente embarazo que tuve rocé la obsesión con la alimentación, a pesar de que ya entonces sabía que las malformaciones surgen en aproximadamente un 5% de embarazos de manera espontánea.

La aprobación

El lunes 23 fuimos al hospital a solicitar el aborto antes de la hora citada para recibir los resultados de la amniocentesis. Nos pidieron que esperáramos. Más espera, más agonía, más ¿y si no firman, y si no da tiempo, y si no…?… Hasta que nos llamaron a consulta, donde otra vez tuvimos que esperar. Entonces llegó un doctor y por mi mente empezó a pasar de todo: “nos va a decir que no hay motivo para abortar”, “no nos lo van a permitir”… Pero nos enseñó un papel: aquí tenéis la autorización con las dos firmas necesarias para el aborto: la de la doctora que realizó la amniocentesis y la mía. 

Volví a llorar, esta vez de alivio, ya teníamos el papel.

 

Los resultados de la amniocentesis

Todo indicaba que la malformación había surgido de forma espontánea, que no había ninguna causa genética. Más alivio y más llorar. Yo empezaba a ver luz, aunque aún quedaba proceso.

Viaje a Madrid

Nos llamaron de la clínica de Madrid diciendo que nos esperaban el miércoles 25 para una ecografía y el 26 sería el día del aborto. 

Viajamos el martes 24, nos llevamos a Emma con nosotros y mis padres se ofrecieron a acompañarnos para apoyarnos y para quedarse con Emma mientras nosotros estábamos en la clínica.

Durante todo este proceso, Emma fue clave para mí, dedicar mi atención a ella me permitía descansar de la situación que estaba viviendo. Y, por supuesto, me hacía hasta reír, es lo maravilloso de los niños, que siempre saben sacarte una sonrisa. 

El miércoles 25 por la mañana acudieron otra vez los miedos a mi cabeza: ¿y si me hacían la ecografía y decían que no había motivos para abortar? ¿Y si me decían que necesitaba algún otro papel?… Ese día cumplía la semana 22. Pero mis miedos se disiparon muy pronto cuando fuimos a la clínica, hablamos con la ginecóloga de allí, me hicieron otra ecografía y, finalmente, me mandaron para el hotel con unas pastillas que debía tomarme para ir reblandeciendo el cuello del útero.

 

26 de marzo de 2015, la separación

El jueves 26 acudimos a la clínica y comenzó el proceso de aborto. En la semana 22 de embarazo, los bebés miden casi 30 cm de cabeza a nalgas y pesan casi medio kilo. Así que el proceso de aborto se parece mucho a un parto: hay que dilatar el cuello del útero y expulsar al bebé. Sin embargo, una dilatación de 4 ó 5 cm es suficiente para expulsar a un bebé de esas dimensiones. La dilatación la provocaron mediante más pastillas, también me pusieron la epidural y, sobre las 15:30 noté que mi bebé estaba preparado para salir. Entonces vinieron las que me estaban atendiendo, me pusieron una sábana sobre las piernas y recogieron a mi bebé en una sábana y se lo llevaron. 

Sobre las 21 h, una vez que habían comprobado que yo estaba bien físicamente, me dieron el alta y regresamos al hotel donde nos alojamos. 

El arrepentimiento

Desde el momento en el que Edu y yo decidimos abortar, yo solo deseaba que se acabara el proceso, que Sara estuviera fuera de mí, creo que lo que yo intentaba era olvidar y borrar toda huella que me indicara que había perdido a un bebé. Un mes después del aborto, mi barriga todavía mostraba que había habido un bebé ahí, e incluso me encontré con una persona que me daba la enhorabuena por el embarazo porque no se había enterado de que éste ya había terminado. 

Aunque soy una persona positiva y, en todo momento, no paré de repetir que me sentía muy agradecida por los avances médicos porque habían detectado la malformación y me habían permitido abortar, el dolor en mi corazón estaba, y el vacío en mi útero también. 

Entonces decidí apuntarme al gimnasio, empecé a bailar zumba, a hacer otros ejercicios y debo decir que, muy pronto, me volví a sentir feliz y con ganas de buscar otro bebé. 

Sin embargo, durante el embarazo de Ana (mi tercer embarazo, mi segunda hija viva) aprendí muchísimo sobre emociones, incluso leí historias de mujeres que habían perdido a sus bebés de muy poquitas semanas y los habían enterrado en sus jardines. 

Y entonces pensé que yo podría haber elegido finalizar mi embarazo de otra forma: habría podido elegir coger a Sara cuando salió de mí, habría podido acercarla a mi pecho como hice con Emma y Ana, habría podido verla, olerla y agradecerle que me hubiera escogido como mamá, habría podido elegir quedarme su cuerpo para incinerarlo y esparcir sus cenizas en un lugar bonito para nosotros, habría podido elegir hacerme alguna foto con ella. En definitiva, habría podido hacerle la despedida que ella merecía. 

Aunque aún siguen acudiendo lágrimas a mis ojos cuando escribo o hablo del tema, y aunque me siga doliendo no haber sabido gestionar la despedida de otra forma, ya no lo digo con culpa, Edu y yo hicimos lo que supimos con la información que teníamos en aquel momento. Sé que poco a poco las historias de pérdidas gestacionales se están hablando y se están normalizando, y que no se tratan como fracasos ni como experiencias a olvidar, sino que estamos aprendiendo a convivir con ellas porque cada vez somos más conscientes de que son historias que suceden. Por eso he querido aportar mi granito de arena y contar mi historia, para aportar luz y hacer ver que hay distintas opciones a la hora de gestionar una despedida como la que yo pasé. Y ojalá a ti no te pase, ni conozcas a nadie que le pase, pero si sí te pasa o si sí conoces a alguien, espero que mi historia te ayude a gestionar la tuya o a dar información a tu conocida. 

Gracias, Sara, por haber venido a mi vida de la forma en la que tenías que venir, por haberme elegido como mamá. Gracias a que tú viniste, sé que yo estoy aquí y ahora, escribiendo estas líneas, feliz y orgullosa por la vida que vivo y la familia que tengo. Perdón por no haberte sabido despedir de otro modo y gracias por traerme uno de los aprendizajes más valiosos de mi vida. Felices 5 años.

 

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marta-ahijado

¿Cuándo fue la última vez que guardaste tus fotos?

¿Cuándo fue la última vez que guardaste tus fotos?

Todavía recuerdo la tristeza y el llanto que me entró cuando perdí las primeras fotos de nuestro viaje de novios a Tailandia. Mi intención era descargarlas de la cámara al iPad sin borrarlas de la tarjeta de memoria para tenerlas en dos sitios distintos. Sin embargo, al intentar hacerlo me salió un mensaje que contesté sin querer y que hizo que se borraran TODAS las fotos tanto del iPad como de la tarjeta. Como siempre me gusta ver el lado positivo de las cosas, solo se perdieron las fotos de nuestro primer día, porque esto me pasó en la primera noche. Pero desde luego que fue un gran aprendizaje para mí. 

Te voy a contar cómo lo hago yo por si te puede ayudar mi experiencia.

Las fotos de la cámara

Mi cámara réflex tiene dos ranuras para tarjetas SD. Y yo tengo dos tarjetas exactamente iguales metidas en función espejo, es decir, que lo que se graba en la tarjeta 1 se graba también en la tarjeta 2. 

¿Por qué hago esto y no aprovecho a tener más espacio disponible para fotos? Muy sencillo: las tarjetas que tengo habitualmente puestas son de 32 gb, que me permiten guardar más de 800 fotos en formato RAW. Y adicionalmente, tengo otras dos tarjetas de 16 gb de repuesto. Hasta ahora, no he necesitado nunca tanto espacio en un solo día. 

Al tener la función espejo, sé que se van a grabar dos copias simultáneas e instantáneas de cada foto que hago en dos soportes distintos. Es decir, que si una de las dos tarjetas se estropea por cualquier motivo, ¡tengo todavía la otra tarjeta con las fotos! 

Ya sé que no es habitual tener esta opción en la cámara, así que te sigo contando qué hago. 

En cuanto llego a casa y tengo el primer momento disponible, paso las fotos de la tarjeta al disco duro externo que tengo siempre conectado al ordenador. Y NO BORRO LAS FOTOS DE NINGUNA DE LAS TARJETAS.

 

Discos duros de seguridad

Tengo tres discos duros, uno en mi casa y dos fuera (uno de ellos en casa de mis padres). A menudo traigo a casa uno de los que tengo fuera y hago las copias de los archivos RAW, de todos los catálogos de Lightroom (para salvaguardar también todo el trabajo de edición) e incluso de los álbumes personales que hago. 

Una vez que este segundo disco duro vuelve a estar fuera de mi casa, entonces borro las fotos de las tarjetas de la cámara. 

El tercer disco duro, el de la casa de mis padres, es el que menos actualizo porque me suelo olvidar. Pero al menos sé que tengo muchas fotos ahí guardadas y no voy a perder todas las fotos de mi vida.

El móvil: fotos y vídeos

Reconozco que esta es mi debilidad. Han llegado a pasar hasta seis meses sin que copie los archivos del móvil al ordenador. También es cierto que las fotos que hago con el móvil son, para mí, menos “importantes” que las que hago con la cámara. Pero sí que hay algunas fotos de mi día a día con Emma y Ana que no quiero perder. Igual que los vídeos que les grabo de vez en cuando. 

Aquí hago la misma rutina que con la tarjeta de la cámara, solo que en lugar de cada vez que llego a casa es, “cuando me acuerdo” paso las fotos del móvil al disco duro externo del ordenador. Luego al disco de fuera y, cuando me acuerdo otra vez o cuando mi móvil empieza a colapsar, entonces hago limpieza de lo que ya tengo grabado.

La nube

Quizás muchos tendréis todo guardado en la nube (lo del móvil, ¿y lo de la cámara también?), pero yo todavía no me he actualizado en ese tema y lo tengo todo muy bien organizado por años dentro de los discos duros. Sé que llegará el momento de tener una copia en la nube, pero aún así, seguro que seguiré conservando una o dos copias en discos duros externos.

¿Y cuándo fue la última vez que imprimiste alguna foto?

Estamos en una época en la que fotos no nos faltan, siempre tenemos alguna cámara cerca e inmortalizamos cualquier cosa que nos llama la atención, nos hace reír o nos enfada. Por supuesto que tiene su parte positiva, pero la negativa es que acumulamos de más. Y luego nos da una pereza tremenda ponernos a bucear entre tantas fotos. 

Yo borro fotos por tandas, es decir, que de una tanda de 10 intento quedarme con las dos o tres mejores. A veces incluso termino por borrarlas todas porque si no terminan de gustarme, no me apetece ocupar espacio inútilmente. 

Y, aunque voy más lenta de lo que los años van pasando, también estoy imprimiendo álbumes de mis fotos personales. A Emma y Ana les encanta verlos, verse de más pequeñas y volver a recordar cosas que les pasaron. 

También estoy colgando muchas fotos en casa de nosotros y de paisajes. Incluso en la puerta de entrada, encima del timbre, he colocado alguna foto para hacer la espera más amena mientras vamos a abrir la puerta. 

Y, sinceramente, rodearme de fotos en papel que puedo tocar y observar detenidamente, me emociona y alegra el alma.

 

¡Gracias por leerme y hasta pronto!

Marta

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